Clericó - 4. Demasiado tarde
Se dio cuenta demasiado tarde. De vez en cuando se le presentaban ciertas situaciones que le producían una leve sospecha, pero nunca llegó a tomar dimensión de cómo eran las cosas en realidad.
Tobías era hijo único y a los seis años había tenido que dejar la escuela para dedicarse a ayudar a su padre en el taller. Casi no hablaba, no tenía con quien. Cuando su padre le daba instrucciones sobre cómo arreglar tal o cual cosa, él se limitaba a asentir con la cabeza. Y eso era para lo único que su padre le hablaba, para darle instrucciones. María, su madre, era diferente. María lo mimaba mucho. Lo tenía poco pero lo mimaba mucho. Lo tenía por las mañanas mientras desayunaban y por las noches cuando volvían a cenar y a dormir. Por las mañanas le preparaba mate cocido con tostadas y la vianda para el almuerzo, se deseaban buenos días y se despedían con un beso. Por las noches, cuando llegaban, ella le preguntaba qué quería cenar, él la miraba fijo, no respondía y se iba directo al baño. Para cuando se sentaba en la mesa, María le servía justo la comida en la que estaba pensando mientras la miraba fijo. Su madre lo conocía demasiado –pensaba–, no hacía falta que le dijera nada. Con tan solo una mirada bastaba para que ella supiese que quería comer. Claro que lo conocía, era su madre.
Tampoco en la mesa se hablaba, estaba terminantemente prohibido interrumpir el noticiero. Cuando terminaban de comer, la ayudaba a levantar la mesa y mientras ella lavaba los platos él la esperaba ansioso en la cama para que le leyese un cuento.
A los doce años ya conocía el oficio del mecánico y su padre le dejaba atender a algunos clientes. En realidad lo venía haciendo más o menos desde los diez. Miguel, su padre, cada vez pasaba más tiempo encerrado en la piecita de atrás del taller, primero con la dueña del Ford Ka, después solo y luego con las botellas; por lo que cuando venía alguien lo tenía que atender él. La cosa es que recién a los doce tuvo su primer encontronazo con un cliente.
—Sé lo que estás pensando niñato —le dijo el dueño del Volkswagen azul del 67— ¡Pártete la cabeza con un hacha si el auto no está listo para mañana!
Tobías lo seguía mirando fijamente, sin decir absolutamente nada. No entendía por qué aquel hombre estaba tan furioso solo por que se habían demorado un día más de lo acordado.
»Y dile al hijoeputa de tu padre que le voy a partir la cara.
No sabemos qué pasó con el auto, si llegaron a entregarlo a tiempo o no, pero sabemos que Tobías creció un poco más y ya tenía dieciséis cuando entró el Ford Ka de nuevo. Lo manejaba Valeria, la hija de la dueña. Miguel estaba atrás dándole al trago.
—Hola.
—Hola, mi má me pidió que trajera a su bebé —dijo Valeria sonriendo—. Hay que cambiarle una manguera que está pinchada. No creo que sea mucho trabajo, ¿Verdad?
— ¿Sabemos qué manguera es? —dijo Tobías devolviéndole tímidamente la sonrisa.
—No, ella es la que sabe. Creo. Pero ella no puede venir porque si mi papá se llega a enterar que volvió por acá…
—Bien, termino con éste y lo reviso.
— ¿Te molesta si espero por acá? No tengo otra cosa que hacer.
—No, para nada.
Valeria se sentó de costado en la butaca delantera con la puerta abierta, dejando sus piernas afuera, dejando sus zapatos rojos de tacón alto a la vista de Tobías. Él intentaba terminar de cambiarle la correa a un Fiat Uno, pero no lograba concentrarse. Giraba las tuercas en sentido contrario, sus hábiles dedos se movían torpemente, la grasa le llegaba hasta el codo. No podía dejar de mirar a Valeria. Era sin duda la mujer más bella que había pisado ese miserable taller. A Tobías le parecía que las mujeres de los almanaques la miraban con envidia. Mientras la deseaba y fantaseaba, seguía renegando con la puta correa.
—¿Sabés lo que pasó? —dijo Valeria.
—¿Cómo?
—¿Si sabés lo que pasó entre tu papá y mi mamá? ¿Si sabés por qué mi papá no quiere que mi mamá venga por acá?
—Sí. Termino con esto y estoy con vos. Dame un momento.
—Seríamos como hermanastros… —dijo ella intentando continuar la charla, más porque estaba aburrida ahí sentada sin hacer nada que por ganas de charlar—. Es decir, si mi mamá hubiese dejado a mi papá y el tuyo hubiese dejado a tu mamá seríamos hermanastros.
Tobías no respondió. Logró concentrarse y terminó con el Fiat Uno. No le gustaba mucho la idea de que fuesen hermanastros, pero lo que menos le gustaba era la posibilidad de que su padre abandonase a su madre después de todo lo que la había hecho y la estaba haciendo sufrir. No, eso no estaba bien. Se acercó hacia el Ka.
—Abrí el capó.
Ella buscó la manija y logró destrabarlo. Él lo levantó, inspeccionó un poco y fácilmente dio con la manguera pinchada. Era la manguera que conectaba el tanque de agua con el radiador. Tenía el repuesto así que la cambió rápidamente. Cerró el capó y le hizo saber a Valeria que ya estaba listo.
—¿Cuánto te debo hermanito? —bromeó ella.
Tobías la miró fijo sin añadir palabra alguna. Solo la miraba directamente a los ojos.
—¡Enfermo! —Gritó ella mientras se subía de un salto al auto de su madre y ponía marcha atrás.
Él siguió mirándola mientras ella se alejaba. No dijo nada y se odió por eso. Era la tercera vez que le pasaba. Se quedaba mirándolas fijo, sin saber qué decir. Primero en la plaza, Gloria le miraba desafiante al tiempo en que le decía: «“el burro nunca llegará a ser caballo, el burro nunca ganará carreras”»; después en el supermercado, Alfonsina estaba en la cola de las cajas y con calma le dijo: «“¡Hombre pequeñito!”»; ahora esto. Algo andaba mal. Pero habría otras oportunidades, él lo sabía bien. Solo tenía que aprender qué decir y cómo decirlo. La gente lo hace todo el tiempo, no debe ser tan difícil, se decía para sus adentros.
Unos meses más tarde, una semana después de su cumpleaños, conoció a Alejandra. Entró al taller caminando y le comentó a Tobías que se le había quedado el auto a un par de cuadras de allí. Le pidió que lo fuese a ver para ahorrarse de tener que esperar una grúa al rayo del sol, sugiriéndole que seguramente era una pavada. Tobías le contestó que estaba libre, que podía ir pero que primero tenía que hacerle unas preguntas de rigor para saber qué herramientas debía llevar. Dijo esto mientras empezaba a cerrar el portón.
—Para ir ganando tiempo —dijo al ver que ella se inquietaba—. Don Miguel no ha podido venir y no puedo dejar el taller abierto… Comprenderás…
—Está bien—se limitó a decir ella.
—¿Qué auto es? Tomá asiento.
—Un Clio de los viejos. Gracias.
—¿Le pasa seguido?
—No, para nada
—¿Sentiste algo? ¿Algún ruido? ¿Algún olor? ¿El tablero marcaba algo?
—No. Se paró, le intente dar arranque de nuevo y nada. No reacciona.
Tobías fue hasta la caja de herramientas. Estaba detrás de ella. Sacó una sola, la maza. Ésta no se me va a escapar, pensaba mientras volvía sigilosamente hacia ella con el brazo en alto.
A la madrugada siguiente Tobías se encontraba sentado en una silla incómoda. No había podido dormir en toda la noche. Las sirenas no lo dejaron. Ahora estaba cara a cara con el Comisario Inspector Fernández. La silla del Comisario Inspector era igual de incómoda que la de él.
—¿Conoce usted a Alejandra Pizarnik? —preguntó Fernández.
Tobías miraba fijo a los ojos del oficial mientras repasaba en su mente, detalle por detalle, cómo habían sido las cosas. No podía dejar de pensar en eso. Solo tenía que bajar la cabeza, decir no, y dejar que ellos hicieran su trabajo. Pero nada de eso le salía. Por momentos lo intentaba pero no lo conseguía, seguía mirándolo fijo. Una y otra vez, en su cabeza, volvía a los detalles. Incluso recordó hasta las últimas palabras que ella le había dicho. Estaba tirada en el piso, humedeciendose en su propio charco de sangre, se vio en la puerta espejada del cuarto de atrás y le susurró: «“nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos”». El Comisario Inspector se levantó, salió y al cabo de un rato volvió con una hoja. Se la entregó.
—Léela y firmála.
Tobías la leyó:
Sigilosamente me acerque a ella
el brazo en alto,
la maza en la mano.
Me esperaba sentada
con las piernas cruzadas
y las manos sobre su regazo.
Las palmas sobre su falda,
los dedos sobre su pierna,
la izquierda.
Su nuca me miraba
Su pelo me miraba
Su espalda me miraba
Asesté el primer golpe
y antes de que ella cayera
el segundo, y el tercero.
En el rebote,
la maza
desprendía gotas de sangre
y rulos de cabello castaño
por todos lados
Cuando cayó
Cayó el cuarto golpe
y todos los que vinieron después.
A ella la deje
donde ustedes la conocieron.
Parecía que lo habían filmado. Allí estaba escrito todo tal cual como había sucedido. La firmó orgulloso. Desde el momento en que pisó su celda, pensó sólo en una cosa: Ir tras el viejo del Volkswagen azul.