Clericó - 3. Sobre cuando Camila soñó conmigo
La primera vez que sucedió, Camila debe haber tenido unos diez años. Fue unos días después de que tomara la primera comunión. En sueños, ella se acercaba a Sandra (la quiosquera coja del barrio), le tocaba la pierna mientras rezaba una oración y Sandra salía caminando como si nunca hubiese cojeado. Al día siguiente, mientras desayunaba, reflexionó sobre lo soñado. Un sueño raro, sí «¿Pero qué sueño no lo es?» pensó en voz alta.
—¿Cómo? —preguntó Alma, su madre.
—No. Nada, nada— respondió ella mientras sopaba una galleta en la leche.
En la hora exacta entre el desayuno y el almuerzo, Alma le ordenó ir por los mandados. Pese a la negación de la niña, la madre insistió y Camila acabó por ir. No era la primera vez que iba sola al quiosco, ya otras veces había ido y había sentido pena al ver la manera en que la quiosquera se desplazaba. No, no era la primera vez pero era como si lo fuese. El almacén de Sandra quedaba en la otra esquina de la cuadra, no tenía ni que cruzar la calle. Un poco por esto es que Alma ya no se quedaba en la puerta esperando a que regresase. Lo cierto es que esos ochenta o noventa metros los caminó a duras penas. El sol de la mañana ya se había posado y empezaba a calentar el asfalto. Mientras avanzaba, ensimismada en su pensamiento, se decía que no había ninguna posibilidad de que Sandra se hubiese curado, que fue solo un sueño, y se lo repetía, «solo fue un sueño, Camila» y de nuevo estaba pensando en voz alta… Le transpiraban las manos, sentía repiquetear su corazón, la respiración agitada, era todo nervios. Intentaba respirar profundo como le había enseñado su tía: “Siempre que se está nervioso hay que respirar profundo” —le decía su tía—, “inhalas, mantenés el aire unos segundos en los pulmones y exhalas”.
Pero no le salía y más nerviosa se ponía. Pasó frente a la casa de Tobías y ni se dio cuenta de que por primera vez no había prestado atención a los ovejeros que, desde atrás de las rejas negras, siempre le ladraban. Una vecina que caminaba por la vereda de enfrente la saludó a los gritos y ella devolvió el saludo con un ademán de cabeza. A medida que se iba acercando al almacén, más cansinos se iban volviendo sus pasos. Finalmente al llegar, tomó aire como pudo y entró desdoblando la lista de los mandados. Un viejo salía sonriente. Dio media vuelta y salió detrás del viejo. No se atrevió ni a levantar la cabeza. Volvió a casa sin los mandados.
—Tuve miedo mami.— Alma la abrazó, entendiendo que era un temor propio de la edad, y fue por las compras.
Ya en el almuerzo les contaría a ella y a sus hermanos que Sandra ya no cojeaba; Camila no podría seguir comiendo y sus hermanos comerían sus sobras.
Esporádicamente la historia se volvía a repetir con diferentes personajes secundarios, soñó con enfermos, con ciegos, mudos, desempleados, paralíticos, hijos de puta que terminaron siendo buenos pero ella nunca se atribuyó ningún laurel. Todo era gracias a la casualidad, Dios, la suerte o vaya a saber qué, pero ella no tenía nada, pero absolutamente nada que ver.
Años más tarde le tocaría llorar a su Madre. Alma yacía pálida, víctima de un cáncer de pecho que se había ramificado, tendida en un cajón abierto. Alrededor de éste, los familiares; y en la punta, el Padre que finalizaba el responso. Ella estaba en primera fila, a la derecha de la difunta. Se sentía agobiada, cansada; los párpados se le cerraban, los volvía a abrir y hacía fuerzas para dejarlos así. Ya había llorado todo lo que se podía llorar, tenía los ojos secos, deshidratados y cabeceó de nuevo. Abrió los ojos y volvió a llorar, pero esta vez no por su madre, sino por la culpa que le generaba estar durmiéndose. «¿Culpa o vergüenza?» pensó en voz alta otra vez y todos la miraron perplejos.
Más tarde entendería que era vergüenza…
La última vez que Camila soñó raro fue conmigo. Simplemente ella me tocaba las manos y, en vez de rezar alguna plegaria, al oído me decía:
¿Quién soy?
¿Soy el Manuel que va al cine con Meursault
y luego le pide que le explique la película?
¿Soy Bandini? No, ya sé que no soy Arturo, pero…
¿Soy Svevo Bandini levantando chimeneas?
¿Soy el Virgilio que abandona a Dante
justo antes de que éste entre al paraíso?
¿Soy Watson relatando historias ajenas?
¿Soy Joseph Grand, contando al doctor
mis deseos de poder expresarme, de ser comprendida,
escogiendo un traje demasiado grande
con el pretexto de que así dure más?
Soy todos estos y cuantos otros.
Para algunos, un oasis en el desierto.
Para otros, lo último que se pierde.
Hay quienes me catalogan
como el peor de los males del hombre,
dicen que prolongó su sufrimiento.
Para mí, un actor secundario.
Jamás tomaré el papel principal.
Jamás seré el Dr. Rieux, ni Holmes,
ni el Dante de la divina comedia.
Jamás seré Arturo Bandini, ni Meursault.
Todos esos eres tú.
No soy milagrosa.
Yo soy el milagro.
No soy Camila.
Yo soy La Esperanza.
Al otro día mientras yo lograba concebir mi primer cuento, éste, Camila entendía que era vergüenza lo que sintió en el velorio. Vergüenza por pensar que, de haberse dejado vencer por el sueño, tocaría a su madre y la reviviría. El hijo de puta volvió a ser hijo de puta, el mudo volvió a quedar mudo y los enfermos volvieron a enfermar. Este cuento, fue rechazado. Alguien entró a robar en el almacén de Sandra, sin mediar palabras, disparó contra su pierna derecha. Sandra volvió a cojear.