Clericó - 2. La madre de todas las desgracias
Todavía quedaban dos cervezas, una ya estaba abierta. La terminaron y la enfilaron con las otras cuatro que yacían entre la heladera y la mesada. Jerónimo había vuelto a almorzar y todavía no habían almorzado… y ya era hora de volver al trabajo. La charla versaba justamente sobre el laburo. Danilo, su padre, le contaba la frase de cabecera de su abuelo: La pereza es la madre de todas las desgracias. Pura mierda decía Danilo.
—Nos quieren levantaditos bien temprano.
Quieren que nos acostemos,
sin antes haber bostezado.
Nos quieren frescos para ellos.
Sustentan su estilo de vida
en nuestro autosacrificio.
Nos prometen el edén,
pero solo hay árboles envenenados
Esclavos de sueldos básicos,
esclavos de sueldos básicos
más comisiones,
eso es lo que somos.
O monotributistas esclavos.
Lo mismo da.
Crearon a los monotributistas
para no tener que pagar ART, obra social,
ni jubilaciones
Jubilaciones
Jubilaciones
que no alcanzan ni para costear
la medicina necesaria para un cuerpo
erosionado por su propio sudor.
Tranzan con políticos,
tranzan con jueces,
tranzan con gremios.
Gremios
que deberían proteger al proletariado,
del negociado
entre políticos y empresarios.
Gremios que te venden,
Gremios que se venden.
Y el hijo del gremialista
ya es diputado.
La llanura pronto llameará
Las sierras ya llamearon
La Patagonia llamea
Y los jueces, por el clero preocupados
No hay salida,
estamos cercados.
—Estoy a dos palabras de la depresión viejo, mejor me voy —dijo Jerónimo—. Creo hablás así porque no tenés ningún tipo de ambición. Yo sí las tengo, y para alcanzarlas, tengo que volver a trabajar. ¿Me llevás?
—Igualito a tu madre. Las mismas palabras, los mismos gestos. Hasta tenés una moto y un par de piernas, pero querés que yo te lleve.
—Lo decís como si debería avergonzarme.
—Deberías.
—No lo hago.
—De todas maneras están equivocados. Vos, tu madre y tus hermanos. Cuando esté dos metros bajo tierra… Ah, cuando esté dos metros bajo tierra, ¡Ahí me van a dar la razón! Tengo más ambiciones que todos ustedes juntos. Tengo más ambiciones que cualquiera. Hasta hace un momento, ambicionaba dormir la siesta en paz, ahora ambiciono acabarme lo que queda de cerveza e ir por más. Después, vaya a saber qué ambicionaré, pero seguro a tu madre se le ocurrirá pedirme que la lleve a algún lugar.
—Bueno, te dejo así podes dormir la siesta en paz. Mejor me voy en la moto que ya estoy llegando tarde. No salgas en el taxi sin antes haber dormido un rato, lo necesitás.
—Igual a tu madre. Idéntico. Un calco. No sé ni para qué vas, si seguro te vas a sentir mal y te vas a volver. Sos vos el que necesita una siesta.
Jerónimo se subió a la moto y se fue. Era profesor de Lenguas en una escuela secundaria. Tenía que asistir a una reunión docente. El tema principal de la reunión era que los chicos cada vez leen menos. La directora empezó planteando que la culpa era de los padres, dijo que según lo que ella había estudiado, los hijos imitan todo lo que los padres hacen y cómo los padres no leen, los chicos tampoco lo hacen.
>>Para solucionar este problema— siguió— tenemos que hacer que los padres lean. ¡Vamos! Si ni siquiera leen las notas que les mandamos en el cuaderno de comunicado.
Todos, menos Jerónimo, rieron del comentario. La directora les cedió la palabra a sus docentes. Uno dijo que la culpa era de la tecnología, que hoy todo está en internet, dijo que el niño, en su carácter lúdico, busca diversión y ellos no tenían la culpa de que ver una buena serie sea más divertido que leer un libro.
Lo interrumpió otra diciendo que tenía razón, que ya no hay libros divertidos, que la culpa era de los escritores, que en su afán de demostrar cuanto “sabían” (hizo las comillas con los dedos) se alejaban más y más del lector. Otro dijo que la culpa era de las editoriales, que los libros son caros y que sólo los puede leer uno a la vez, que en cambio, las plataformas como netflix —se atrevió a decir—, permiten compartir el contenido en familia.
Y así cada uno iba dando su opinión al respecto. Jerónimo, entre las cervezas, el estómago vacío y lo que escuchaba, empezó a sentir náuseas.
—No me siento muy bien—dijo al fin— pero antes de retirarme quiero agregar algo: Quizás, que los chicos ya no lean, no sea una desgracia. Estimo que esto mismo que nos estamos planteando nosotros, se lo plantearon aquellos que transmitían historias verbalmente cuando apareció el tal Gutenberg.
>>Desconozco qué es lo mejor para el aprendizaje integral—siguió Jerónimo—si escucharlas, leerlas, o verlas que es lo mismo que escucharlas y leerlas en dos idiomas diferentes al mismo tiempo, no lo sé. O quizás, simplemente, la culpa sea nuestra. Somos nosotros quienes intentamos inculcarles que lean por ellos, para que ellos sean más inteligentes, más rápidos, para aumentar sus conocimientos y todo eso. Me pregunto qué pasaría, y es solamente una pregunta —concluyó Jerónimo carraspeando y predisponiéndose a marcharse—. Me pregunto qué pasaría, si en vez de enseñarles a que lean por ellos, les enseñaramos a que lo hagan por el otro, por el que tienen al lado, y más allá, por el que todavía no conocen.
>>A lo que voy: ¿Alguno leyó Los pichiciegos de Fogwill? ¿No? Bueno. Es una novela ambientada en Malvinas, plena guerra. Trata sobre unos tipos que se acobacharon y no pelearon nada. Uno piensa que son unos cobardes, unos traidores. Vendían a los ingleses las posiciones de los argentinos a cambio de víveres. La cosa es que a medida que avanza el libro uno va dejando de verlos como cobardes, como traidores. A medida que avanza el libro, uno empieza a entenderlos.
Jeronimo quiso continuar, pero las arcadas no lo dejaron. Danilo, por su parte, pasó de la primera de sus ambiciones y fue a por la segunda. Prendió otro cigarrillo, bebió lo que quedaba de la cerveza, se subió a la catramina que tenía por taxi, desconectó el taxímetro y fue hasta La Encrucijada Del Destino a comprar unas monjitas. Ya no tenía ganas ni de servirse la cerveza en el vaso, dejarla en la heladera y después levantarse para servirse nuevamente.
Cuándo estaba llegando vio a Carlos parado en la vereda. Sostenía una caja inmensa. Atrás de él, un viejito todo encorvado le hacía señas. Estacionó.
—¿Qué hay Dany? ¿Podes llevarlo? Por acá no pasa un puto taxi —dijo Carlos.
—Venía por unas cervezas.
—Te saldrán gratis, hace veinte minutos que estoy cargando con esto y nada. Metele que voy por tus cervezas. Va acá cerca.
—Mejor esperamos a otro —dijo el viejo que no había visto el taxímetro apagado pero si el estado de Danilo.
—Como quieras —respondió Carlos mientras se metía en la tienda a buscar las cervezas de Danilo—, pero la caja yo no la sigo cargando.
—Vamos viejo yo lo llevo. De paso, en el camino, puedo ir aligerando su carga —dijo Danilo.
El viejo se metió en el taxi resignado. Danilo puso la caja llena de botellas en el asiento del acompañante, dio la vuelta y se sentó en su butaca. Carlos volvió con un pack de seis botellines de cerveza y se los entregó a Danilo por la ventanilla del acompañante.
—Gracias Dany. Te veo más tarde —dijo Carlos.
Danilo encendió el auto, preguntó a dónde iba, el viejo respondió y allá fueron. Era de camino a su casa, solo un pequeño desvió. La primera cuadra fue bien, pero a medida que avanzaba aceleraba más y más. Para cuando faltaban un par de cuadras, ya ni siquiera respetaba los semáforos. El viejo iba atornillado al apoya brazos.
—¿Va a poder solo con todo este arsenal? —preguntó Danilo.
—Tengo invitados.
—Me refería a si iba a poder cargar con la caja desde la vereda hasta su casa.
—Tengo invitados.
—Bien, mejor así.
—Oiga, si no tiene ganas de trabajar ¿por qué me está llevando?
—Carlos me pidió un favor.
—Igual, si no está en condiciones, debería haberse negado.
—Ya falta menos.
Danilo siguió acelerando, el velocímetro marcaba 60, 70, 90 km/h. Ya habían pasado todos los semáforos y sentía que tenía vía libre. No frenaba ni en las intersecciones. El viejo le rezongó que fuese más despacio, que no había ningún apuro. Danilo subió el volumen de la radio, un estruendo la enmudeció y aquietó el auto. La inmensa caja de botellas salió despedida contra el parabrisas y lo astilló. En el rebote cayó sobre las botellas de Danilo y se rompieron varias, varias de los dos. El viejo, aunque ileso, quedó paralizado por el shock. A Danilo le dolía todo, igualmente pudo voltear sobre su hombro derecho y ver que el viejo estaba bien. A duras penas se bajó del auto y la vio. Vio la moto de Jerónimo, vio a quién antes había sido su hijo convertirse en su sombra. Esa sombra que lo seguiría a donde fuese. Se le vino a la cabeza aquel viejo verso de Du Fu: «“Cuando la muerte nos separa, sólo podemos suspirar.”»
Y suspiró —fffffuuuuu—.
FIN