Clericó - 1. Partida de truco
Para cuando entré, todo estaba casi tal cual como lo había visto la última vez, unos nueve u once días atrás.
Sobre la mesa reposaba el viejo cenicero de vidrio, cansado por el peso de una montaña de colillas de cigarrillos mal armados. En el piso, como una alfombra surrealista, decenas de botellas de vino, latas de cervezas y alguna que otra petaquita de licor barato me impedían el andar despreocupado por la habitación. Un retrato de vaya a saber quién, era, si se quiere, el único dejo decorativo que había en el lugar.
La radio susurraba la triste sucesión de notas y acordes casi tétricos de una melodía que se me antojó Beethoven's Silence de Ernesto Cortázar, pero nunca estuve muy seguro. No me doy muy bien con la música clásica. Una cucaracha trepaba al mármol desde la bacha de la cocina, huía segura de haber acabado con los restos de comida que había en los platos, que hacía nueve u once días no se lavaban. Al lado del viejo cenicero cansado y dándole la espalda a la pequeña ventana, desde la cual se veían las humeantes chimeneas de alguna fábrica, una vieja máquina de escribir gris lucía con descaro la palabra Remington tatuada en su cuello. Dentro de ella, una hoja en la que se leía:
Que no te desgasten los gritos desenfrenados
de quienes buscan tener razón,
las billeteras abiertas
de quienes buscan seducirte,
ni las hojas burdas
de los que se autoproclaman sabios.
Que no te desgasten los periódicos
que solo quieren convencerte,
los miedos que te paralizan,
las bombas que te han aturdido,
ni los mañanas que jamás vendrán.
Que no te desgasten los colores por pintar,
que te miran de reojo mientras se secan en la paleta.
Que no te desgaste la muerte de la inspiración,
el renacer el aburrimiento,
el peso del ayer,
ni el de la carne que se arruga.
Que no te desgaste el deseo de fortuna,
las ansias de placer,
ni el silencio que pide a gritos que te calles.
Debes seguir adelante, debes hacerlo.
Por ti. Por mí. Por las hojas pisoteadas
que crujen en este otoño sin fin.
En fin:
Que no te desgasten las miradas tristes
de gentes que en su enciclopedia de excusas,
siempre encuentran una para sus acciones,
pero para las de terceros,
sólo hallan su dedo índice.
Y lo alzan con júbilo.
T.R.
T.R. era Tobías Rodríguez. El viejo yacía resacoso en su andrajoso sillón desteñido, haciéndose el dormido. Demostrándome con hechos, no con palabras, que no era bienvenido. Mientras leía el escrito sentí la agudeza de su mirada en mis omoplatos. Cuando terminé de leerlo, al ver que me acomodaba en una de sus sillas, me lo hizo saber también con palabras:
—¿Qué hacés acá? —gruñó el perro viejo.
—Me echaron de casa —bromeé— Vengo a quedarme un par de noches acá.
—¿Y qué te hace pensar que de acá no te voy a echar? —¡Truco a esa mierda!
—Afuera hace mucho frio y ya casi no me queda orgullo. Vas a tener que herirme más para echarme… Y por lo que veo, ya estás demasiado herido como para herir a alguien —¡El envido está primero!
—Los más heridos son los que más hieren. —Quiero treinta y tres. ¡Truco carajo!
—Mal de muchos… —¡Quiero re truco! Sabía que no tenía cartas para ganar la partida pero la arrogancia me envalentonó.
—Que tonto eres muchacho, por eso no te han echado en esta noche fría y por eso te echarán algún día. —¡Quiero vale cuatro!
Silencio.
No supe qué responder. Me fui al mazo. Maldito perro viejo, siempre se tenía que quedar con la última palabra. Por momentos generaba en mí un odio digno del demonio. Su larga barba blanca le ocultaba la mitad de la cara y casi todo el cuello. El cuello, la garganta, esas cuerdas vocales de donde jamás saldrían las palabras que le sacaban callos en los dedos. Eso lo venía hiriendo desde hace rato.
Lo sabía pero callé. Pensé en decirle que No te detengas, poema atribuido a Whitman, me llegaba más. <<No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre>> ¡Qué belleza! pensé, pero no lo dije. No podía. Marqué mi dedo índice con el mayor, lo rodeé con el pulgar cerrando el puño, y lo mordí mientras agachaba la cabeza.
Me fui al mazo.
La cucaracha, esquivaba la yerba que el viejo había dejado secando al sol en el rincón derecho de la mesada. Éste, al ver mis ojos contemplando la oscuridad del suelo, se levantó de su sillón y fue a poner la pava.